miércoles, febrero 07, 2007

El Cine de David Cronenberg (II)


David Cronenberg nace el 15 de Marzo de 1943 en Toronto (Canadá), en el seno de una familia intelectual de clase media. De madre pianista, es la dedicación de progenitor, que además de llevar la crónica filatélica del Toronto telegram y redactar artículos para el Reader´s digest y similares, escribía historia de crímenes en la revista True detective, lo que llamará la atención de David hacia la literatura. “Escribí mi primera novela cuando tenía diez años, tenía tres páginas, pero para mí era una novela, naturalmente”. Algunos años después, entre sus principales apetencias se encontraban Nabokov, Camus, Burroughs, Sartre, Henry Miller, y otros tanto escritores comprometidos, o al menos comprometedores. A la edad de dieciséis recibe una carta del editor del Magazine of Fantasy and Science-Fiction, diciéndole que la historia que le había remitido llegaba tarde para ser publicada, pero que su trabajo les había parecido interesante y que por favor enviara más. Cronenberg se sintió muy halagado por aquella carta, y a la vez sorprendido, ya que, aún hoy, no recuerda haber remitido ningún relato.

La primera inquietud científica de David durante su juventud estuvo relacionada con la entomología, especialmente con los lepidópteros, por los que denotaba una fascinación poco habitual que le hacía estudiar su comportamiento desde un punto de vista privilegiado. En 1963 entra como estudiante de bioquímica en la Universidad de Toronto, pero la experiencia no resulta tan apasionante como esperaba y abandona un año después: “Creía que los mejores científicos eran los chalados, los creativos y excéntricos como cualquier escritor y artista. Fue una decepción descubrir que no era así”. Desengañado, decide potenciar su faceta de plumilla y se matricula en Literatura Inglesa, una experiencia que le resultará mucho más enriquecedora: “Allí todo el mundo estaba loco y apasionado, eran grandes lectores y se emocionaban con las mismas cosas que yo. Aquello era fantástico”.

La atracción por lo cinematográfico del joven Cronenberg no se presenta de forma acentuada hasta sus veinte años, durante su estancia en la facultad: “Nunca fui un cinéfilo. Tenía amigos que pertenecían a cine-clubs, y alguna vez me habían llevado a ver películas que ellos consideraban fabulosas, cosas de Fellini, Bergman... Eran auténticos fanáticos, pero yo no tenía nada que ver con ellos”. Es cuando ve Winter kept us warm (David Secter), que Cronenberg descubre el poder de la imagen en movimiento, un lenguaje casi equiparable al de la literatura en sus infinitas posibilidades.

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